Obra barroca del siglo XVII procedente de la iglesia de Santa María Magdalena de Tarazona.
La pintura representa el episodio de la conversión de Saulo de Tarso en el camino de Damasco, uno de los acontecimientos fundamentales del cristianismo primitivo. La composición se organiza en dos registros: en la parte superior aparece Cristo resucitado rodeado de ángeles y querubines, mientras que en la inferior se desarrolla la escena terrenal protagonizada por Saulo y su séquito, alcanzados por la luz divina que provoca su transformación espiritual.
Aunque el conjunto no presentaba a simple vista un estado alarmante de conservación, los estudios previos revelaron graves problemas estructurales. Tanto el bastidor como el marco sufrían un intenso ataque de insectos xilófagos que comprometía su estabilidad. Además, la acumulación de suciedad y la oxidación de los barnices habían oscurecido notablemente la obra, ocultando gran parte de su riqueza cromática.
La intervención incluyó la sustitución del antiguo bastidor por uno nuevo de tipo móvil, la colocación de bandas perimetrales para el correcto tensado del lienzo y la reparación de una pérdida causada por una antigua quemadura mediante la inserción de un injerto textil. Asimismo, se realizó la fijación preventiva de la capa pictórica y una limpieza físico-química controlada con apoyo de iluminación ultravioleta.
En el marco se llevaron a cabo tratamientos de desinsectación, limpieza y consolidación estructural mediante inyección de resinas, así como la fijación y limpieza de su policromía, recuperando el brillo de los dorados al agua y la riqueza decorativa de los marmoleados originales.
Gracias a esta actuación, el conjunto ha recuperado tanto su estabilidad estructural como su lectura estética, devolviendo a la obra buena parte de la intensidad cromática y la luminosidad concebidas por su autor hace más de tres siglos.
La intervención ha sido posible gracias a la campaña Apadrina Arte, impulsada por la Fundación Tarazona Monumental para fomentar el mecenazgo cultural y la participación de particulares, empresas e instituciones en la conservación del patrimonio de la ciudad. En este caso, la restauración ha sido sufragada por una persona especialmente vinculada al barrio del Cinto, un nieto del carpintero del barrio D. Julio Larraga.

