Hay patrimonios que se protegen con leyes, con planos y con discursos solemnes. Y luego está este. Un Bien de Interés Cultural en Dos Hermanas (la Hacienda Ibarburu) que, a la vista de la escena, parece haber sido reclasificado de facto como “Bien de Interés para el Vertido Ilegal”. Mucho más coherente con su uso actual.
Porque la imagen es casi pedagógica, si no fuera trágica: una hacienda histórica que sobrevive como puede —resistente por pura inercia, no por tutela— mientras su perímetro se convierte en un catálogo contemporáneo de escombros recién depositados. Frescos, recientes, colocados con ese cuidado característico de quien sabe que nadie va a mirar… o peor aún, que nadie va a hacer nada, aunque mire.
Y ahí aparece la parte más sofisticada del asunto: la administración. Ese ente multiforme que siempre está “trabajando en ello”, “reforzando la vigilancia” o “evaluando medidas”. En este caso concreto, incluso se llegó a anunciar con seriedad casi institucional la presencia de un vigilante. Qué imagen tan potente: el guardián del patrimonio, centinela invisible, probablemente ejerciendo una vigilancia cuántica —presente en el boletín oficial, ausente en el terreno. Porque en la realidad observable, la vigilancia tiene una eficacia extraordinaria: no interrumpe vertidos, no disuade camiones, no deja huella. Es el tipo de vigilancia perfecta que solo existe cuando hay que justificar una inacción.
Mientras tanto, el entorno de la hacienda se consolida como lo que realmente es: una zona donde el abandono no es una excepción sino una política no escrita. Los escombros no aparecen por accidente; aparecen porque pueden. Y pueden porque el mensaje institucional es cristalino: la protección patrimonial es importante… hasta que requiere vigilancia real, sanción efectiva o simple presencia continuada.
Lo más elegante del sistema es su capacidad para la simulación. Se protege el BIC en documentos, se declara en boletines, se menciona en ruedas de prensa. Y acto seguido se permite que su entorno se degrade con una constancia casi burocrática. No es negligencia puntual: es gestión sostenida del deterioro.
Quizá dentro de unos años alguien se pregunte cómo fue posible. Quizá se encargue un estudio, se abra una comisión, se redacte otro plan estratégico con vocabulario ambicioso y resultados previsiblemente invisibles. Pero la escena ya está aquí, perfectamente documentada: una hacienda histórica rodeada de escombros nuevos, bajo la mirada inexistente de una vigilancia que solo funciona en el papel. Y una certeza incómoda, casi irónica, flotando sobre el terreno: aquí lo único verdaderamente protegido es la responsabilidad de quienes deberían protegerlo.
Jesús Cuenca, vocal de la Asociación

